sábado, 14 de abril de 2012

No hay lugar para la razón


"Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, 
los que entienden la vida por un botín sangriento : 
comos los tiburones, voracidad y diente, 
panteras deseosas de un mundo siempre hambriento."

                                 El hambre, Miguel Hernández. 


¿Dónde está el límite entre la humanidad y la ambición? ¿Puede el hombre llegar a olvidarse de que es hombre? ¿Es posible alcanzar el punto en el que los sentimientos solo sirven para odiar? Cuando miro a la policía, los antidisturbios, me lo pregunto. Y veo imágenes, y vídeos y escucho testimonios. Y de pronto lo entiendo todo, y a la vez no entiendo nada. Busco la manera para poder ponerme en su lugar, estar bajo su propia piel.
Mirar hacia el frente, fijar mis ojos en un punto hasta que se conviertan en un cristal vacío y transparente, para proteger el odio que me alberga. Cuando el odio crece, cuando la rabia crece, la mirada se endurece, se fortalece para proteger mis propios fantasmas. Me meto en el papel, pero no puedo, sigo sin entenderlo. 

Cuando estoy cerca procuro mirar a estos cristales sin vida, esos refugios de ira, y no veo nada. 
No veo nada que me ayude a entender porqué están ahí de pie, inmóviles, encubiertos por un traje de acero que los convierte en figuras deshabitadas. No son nada, solo sombras. Son el espectro de un poder que castiga, que odia, que vive sin darse cuenta de que está muriendo y de que está matando. 
Esos entes de acero son armas vestidas de traidores que luchan contra su propio pueblo. Son las pistolas y la balas de los intereses del Gobierno. No son mediadores del orden, ni legitimadores de la justicia. No trabajan para la paz ni para la armonía. Son solo máquinas, robots que singuen órdenes de un poder que los desprecia, que los utiliza como mercenarios para afianzar su propia autoridad. Sí, son sombras, sombras de un mundo sin escrúpulos, de espectros que vagan por una ciudad derrotada, concienciándose a si mismos de que están arriba porque se lo merecen. Juegan todos los días a ser soldados del rencor, y llega un momento en el que se lo creen. El juego se hace realidad, y en su mente vuelan buitres en busca de alguien a quien devorar. 

Llega el momento de la lucha. Una señal que alerta de que es el momento de comenzar. De pronto, levantan sus escudos, su mirada ya no se endurece, permanece pasiva, su enfado desaparece porque el odio empaña su razón. Se transforman : la poca humanidad que les quedaba se evapora entre gases lacrimógenos y bolas de goma. Empieza la carrera del absurdo. Destrozan  todo lo que se encuentra a su paso, no hay lamento que valga, no hay llanto que los debilite. En su cabeza siguen volando buitres deseosos de mostrar su fuerza. La gente corre despavorida, sin embargo, unos pocos se atreven a enfrentarse. La guerra sin piedad continúa. Ya no hay mujeres ni hombres, solo cuerpos defendiendo su lucha. Y los policías corren, y los manifestantes huyen, y nada perdura más que gritos y dolor, odio y rabia, llanto. 
Trato de comprender, juro que lo intento. Me pregunto en qué punto el hombre deja de ser hombre - porque auellos que reprimen a sus semejantes no son hombres, si no máquinas donde silencioso, se guarda el mundo sus derrotas - para ser un fantasma de la ignorancia, de la crueldad. 
La humanidad se condena cuando se conforma. Y poco a poco, la impotencia se convierte en potencia. 


Huelga general 29 Marzo, Barcelona








(...)
"Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos 
donde la vida habita siniestramente sola.
Reaparece la fiera, recobra sus instintos,
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.

Arroja los estudios y la sabiduría, 
y se quita la máscara, la piel de la cultura,
los ojos de la ciencia, la corteza tardía
de los conocimientos que descubre y procura.

Entonces solo sabe del mal, del exterminio.
Inventa gases, lanzan motivos destructores,
regresa a la pezuña, retrocede al dominio
del colmillo, y avanza sobre los comedores. 

Se ejercita en la bestia, y empuña la cuchara
dispuesto a que ninguno se le acerque a la mesa.
Entonces sólo veo que el mundo es una piara
de tigres, y en mis ojos la visión duele y pesa. 

Yo no tengo en el alma tanto tigre admitido, 
tanto chacal prohijado, que el vino que me toca,
el pan, el día, el hambre no tenga compartido
con otras hambres puestas noblemente en la boca. 

Ayudadme a ser hombre : no me dejéis ser fiera 
hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente. 
Yo, animal familiar, con esta sangre obrera
os doy la humanidad que mi corazón presiente." 

El hambre II, Miguel Hernández. 

Un documental impactante que no necesita más explicación que las propias imágenes



1 comentario:

  1. Ya tuvimos ocasión de hablar sobre ese día. Gracias a la policía, yo pude trabajar ese día. No creo en esa huelga, ni en las que vendrán, ni en sus convocantes, ni en sus intenciones, ni en los que pescan em este río revuelto. Reivindico el derecho a que cada uno busque su camino, en libertad. Esta sociedad está enferma, sin valores que la rijan. También he escrito sobre éso. Hemos desechado unos, pero no los hemos sustituido por otros.

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